Economía y Sociedad Siglo XIX (tomado de /www.fundacionempresaspolar.org y rena.edu.ve)
Las relaciones esclavistas de producción se deterioran desde el mismo apogeo del período colonial y más aceleradamente durante la primera mitad del siglo XIX, hasta su abolición formal en 1854. Las relaciones esclavistas en las formas de explotación agrícola desembocaron en formas de servidumbre.
Se propendía a que el campesino dispusiera de una parcela de tierra del hacendado, en la cual subsistiría con su familia, y por la cual pagaría una renta trabajando en las tierras señoriales de la hacienda. En caso de que el campesino no dispusiese de una microtenencia, de todas maneras estaba compelido a trabajar en la hacienda por mecanismos de endeudamiento a través de la pulpería; esta vieja institución de estirpe colonial era de alguna manera controlada por el hacendado. Las deudas contraídas se pagaban con trabajo en la hacienda: peonaje.
Las relaciones de servidumbre y peonaje existieron desde los inicios del período colonial en los hatos llaneros, ya que el trabajo no era concentrado como en la plantación. No era posible someter como esclavos a los indígenas «campesinizados» que se desplazaban a galope de caballo controlando los dispersos rebaños en las vastedades llaneras; el hato es por lo demás, una constante en la historia agraria de Venezuela. Sin embargo, el pago de la renta de la microtenencia en trabajo, lentamente pasa a ser complementado por el pago en especie cuando las partes lo encuentran más conveniente. Incluso se da el pago de la renta en dinero cuando el productor campesino vende su cosecha a un circuito mercantil simple (ocasional y local) y dispone de dinero; empero, lo predominante fue el pago de la renta de las microtenencias y o deudas en trabajo.
Con el transcurso del siglo XIX se generalizan y amplían diversas formas de pequeñas explotaciones agrícolas, la mayoría de las cuales estaban vinculadas por mecanismos específicos a las macrotenencias; así la movilidad de la tierra, y con ella, la del trabajo campesino, se va ampliando lenta pero persistentemente; se van vislumbrando entonces nuevos horizontes en las formas de explotaciones agrícolas. Si con la desaparición legal de la esclavitud desaparecen las haciendillas, subsistirá sin embargo la fundación, aunque ahora con una variante: el campesino recibía una parcela, la ponía en producción por sus propios medios, y el propietario le compraba después lo «fundado», es decir, el fundo.
Subsistiría igualmente el conuco. Otros tipos de convenio se difunden durante ese siglo. Por ejemplo, el contrato de aparcería, mediante el cual el campesino conviene con el propietario o arrendatario de una parcela, el pago de una determinada porción de lo producido, en especie o en dinero, que podía ser la mitad (medianero) o un tercio (terciero).
Claro que muchas de las formas mencionadas no se dan químicamente puras, pues en el caso de la aparcería, por ejemplo, la proporción de lo pagado por el productor era variable de acuerdo con lo que se conviniese; incluso la medianería constituye en muchos casos, una categoría aparte de la aparcería, cuando el productor de la parcela, si es de plantación, es propietario de la mitad de las matas existentes. Y ya que hemos mencionado al arrendatario, nos referiremos también a esta forma de explotación agrícola. El contrato de arrendamiento, y a veces subarrendamiento, establecía que el arrendatario pagara un canon anual fijo, generalmente en un lapso de 50 años renovables, al propietario. Existían también los contratos de enfiteusis, donde el enfiteuta dispone de una parcela de por vida y usualmente hereditable, mediante un pago anual que es para el propietario titular más simbólico que crematístico.
Además quedaban otras formas como la ocupación, generalmente temporal, de tierras públicas o privadas y aceptada por sus propietarios; las pequeñas propiedades privadas, trabajadas por sus titulares y en fin, formas confusamente híbridas.
Cultivo de Café (Origen)
Se le considera originario de Abisinia, desde donde se extendió a Egipto, Persia y Turquía. Los árabes lo propagaron por las costas mediterráneas del norte de África. Su consumo trascendió a Europa llevado por los monjes a sus monasterios, pero desde mediados del siglo XVII pasó los muros de los conventos y comenzaron a tomarlo con profusión los legos.
La introducción de este cultivo en América data de 1714, en la Guayana Holandesa. Las plantaciones en Martinica se iniciaron en 1723, de donde la simiente pasó a Jamaica, Guadalupe y Cayena. Ya en 1732 Jamaica exportaba importantes cantidades de este fruto. De la Martinica francesa trascendió a los dominios insulares españoles en el Caribe: Santo Domingo, Puerto Rico y sólo más tarde a Cuba. En 1730 fue introducido en la región del Orinoco por las misiones religiosas establecidas allí,. Las siembras prosperaron por aquella zona y otras vecinas pertenecientes a las antiguas gobernaciones españolas que en el siglo XIX integraron la República de Venezuela. Se extendieron a la gobernación de Caracas hacia el año de 1740,
Café Siglos XIX-XX
El cultivo se fue incorporando rápidamente a las haciendas cacaoteras de la región centro-norte costera, en las cuales no interfería con otros cultivos en fondos de valles y se podían utilizar terrenos con pendientes mayores sin exponerlos a la erosión. La ubicación en el norte del país era además ventajosa por la existencia de vías de comunicación y su cercanía a los puertos.
La exportación promedio anual en la década 1830-1840 fue de 6.320 t y entre ese último año y el de 1870, fecha aproximada de comienzo del cultivo en los Andes venezolanos, tal promedio alcanzó a 16.500 t anuales. Aquí comienza la gran expansión del cultivo, debida en primer lugar a la mayor disponibilidad de tierras aptas, casi sin valor comercial hasta entonces, clima benigno y mayor disponibilidad de mano de obra. La exportación promedio entre 1870 y fines del siglo XIX, sobrepasa las 38.000 t anuales.
Las 2 zonas productoras tienen una estructura agraria diferente: mientras que en la cordillera de la Costa se localizó en las haciendas, las cuales no se limitaban a cultivar cacao, tabaco, o más tarde caña de azúcar, sino que disponían de tierras para cultivos de «frutos menores» como maíz, caraota, raíces, tubérculos, etc., y además poseían instalaciones que hoy llamaríamos agroindustriales (fermentadores, locales de beneficio, ingenios papeloneros o «trapiches», patios de secado, etc.), además de potreros para el pastoreo de animales de tiro, vacas lecheras, ganado menor y corrales de gallinas.
Con el producto de tales actividades se contribuía a la alimentación de la peonada y el excedente se comercializaba en las ciudades o pueblos vecinos. En resumen, las haciendas de la cordillera de la Costa eran verdaderos latifundios, no solamente por su extensión física, sino por las relaciones socioeconómicas entre propietarios y trabajadores.
En cambio, las fincas cafetaleras de la cordillera de los Andes, de menor tamaño, prácticamente monoproductoras, constituían y aún lo son, explotaciones familiares, de economía campesina. Las exportaciones siguieron incrementándose en los primeros años del siglo xx y llegaron a su punto culminante en 1919, cuando se exportaron 82.382 t. Desde entonces la caficultura ha venido experimentando numerosos altibajos en la producción y en los precios, debido a varios factores: las 2 guerras mundiales, la aparición del petróleo, la crisis de la década de 1930 y la expansión del cultivo en el Brasil.
El problema de la Tierra. Siglo XIX
En la lucha por la Independencia desaparecieron muchos de los antiguos propietarios y descendientes que poseían el monopolio de la propiedad territorial durante la Colonia; gran parte de estas enormes extensiones de tierra, junto con la riqueza representada por los esclavos y toda clase de bienes muebles e inmuebles pasaron a manos de los más importantes Caudillos militares (muchos de ellos de origen popular, como Páez por Ejemplo
Pero este cambio de propietarios no significó en modo alguno un cambio en la estructura latifundista de la propiedad territorial venezolana. El latifundio como Institución permaneció intacto, ocurriendo solo la transferencia de la propiedad de manos de la nobleza colonial, a manos de los principales jefes militares surgidos del Ejército Libertador. El latifundismo además se vio acentuado por la promulgación de leyes como la Ley sobre la enajenación de tierras Baldías de los años 1821 y 1848, que permitieron que una vasta porción de tierras del Estado, sobre todo en las provincias de Apure, Barinas, Cumaná y Barcelona, pasaran a formar parte del patrimonio personal de un reducido número de propietarios.
El Latifundio, al ser por lo general una concentración de tierra ociosa e improductiva, se constituyó una de las principales causas del atraso económico, social, y político del país durante todo el siglo XIX.
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